A inicios del nuevo milenio trabajaba en una empresa de publicidad. Me dedicaba a vender cursos de inglés usando las tradicionales técnicas de ventas como puerta a puerta, sondeos de opinión, volanteo, etc.

Con dicha empresa tuve la oportunidad de viajar siempre y de pasearme por todas sus sedes, laboralmente hablando. Muchas veces estos traslados eran imprevistos y cada vez se hacían con mayor frecuencia, por lo menos en mi caso.

Como en cualquier trabajo en los que dependes de las ventas tienes épocas de vacas gordas y de vacas flacas, y yo, en ese entonces me encontraba en un período de estas últimas. Recuerdo que estaba en Caracas, capital de Venezuela, y de pronto sonó mi teléfono. Era mi jefe para decirme que al día siguiente debía estar en Puerto Ordaz, ciudad ubicada al sur del país, a unos 700 kilómetros de la gran metrópolis.

Justamente, un día antes había pagado la renta del alquiler y había subsanado mis gastos del mes. Solo tenía en mis bolsillos lo necesario para vivir esas cuatro semanas mientras las ventas aumentaban. Ahora con la noticia de que me iba, me encontraba en una situación bastante complicada porque debía costear mi pasaje y al llegar a la nueva ciudad ya no tendría para mantenerme, pues, el traslado no incluía viáticos porque Puerto Ordaz era mi lugar de origen. Para ese entonces, hace rato no dependía de nadie.

Tuve que irme, intenté recuperar el pago del alquiler que ya no iba a usar, pero, fue inútil. Llegué a la mañana siguiente a mi destino y no tenía dinero. Llegué a casa de mis padres porque no tenía para pagar un nuevo alquiler, quienes vivían muy lejos de mi lugar de trabajo, en una zona industrial en la que se ubicada a escasos metros una compañía de refrescos muy reconocida en el mundo entero.

Ese primer día de trabajo, en el que sería recibida por todo lo alto en la oficina, no tenía ni para un taxi. Sin más remedio que ir a trabajar, sin excusas, tuve que ingeniármelas para trasladarme desde aquel punto lejano en una zona popular de otra ciudad llamada San Félix a Puerto Ordaz. Me fui caminando hasta la avenida y al pasar por el frente de la empresa de refrescos veía a los camioneros salir con sus cargas. Le pregunté a uno quién iba para Puerto Ordaz, me respondió que él, casualmente. Me atreví a pedirle la cola o aventón. Así montada en aquel camión con mi traje ejecutiva llegué hasta el centro comercial en donde se ubicaba mi oficina.

Mientras esperaba el ascensor pensaba en mi situación económica, pues, estabilizarme me tomaría unas cuantas semanas. Pensé en pedir prestado, pese a que me aguantaría los regaños de mi nueva jefa, quien odiaba que algún vendedor se atreviera a eso.

Llegué finalmente a la oficina. Me armé de valor para explicarle mi situación y le dije que me prestara dinero hasta que cobrara. Jamás imaginé que su respuesta inmediata se convertiría en una gran lección de vida que hoy conservo y aplico tácitamente.

Ella me dijo: -Toma. Aquí tienes 500 volantes para que los entregues mañana en el portón de CVG Alcasa (Empresa Básica de la industria del aluminio)

Yo no podía creer lo que estaba viendo. ¿Cómo era posible que le había pedido dinero porque no tenía ni para un pasaje y ahora me salía con que debía entregar 500 volantes (folletos) en un lugar que quedaba a más de 20 kilómetros de la casa de mis padres?

“Te quiero mañana a las 6:00 de la mañana en el portón, a esa hora entran los trabajadores. Estaré allí para supervisarte”, sentenció.

Así terminó mi reunión de pocos minutos tras pedir dinero prestado a mi jefa. Con todo el coraje del mundo y pensando en tan vil injusticia ahora debía cumplir con la encomienda porque si no me quedaría sin empleo y eso sería más grave aún.

Mi jefa, esa mujer autoritaria en ese momento, también, era muy humana y hasta debo decir, se había convertido en una amiga porque no era la primera vez que trabajábamos juntas. Quizás valiéndome de esa amistad fue que me atreví a pedirle el préstamo, pero ni eso pudo con lo que ella quería enseñarme.

Me fui de la oficina visiblemente molesta. Bajé a tomar café en una fuente de soda cuando me encuentro a un primo de mi jefa, quien también era mi amigo. Cuando me preguntó por ella le conté lo que me había hecho.

-Pero, ¿qué le pasa? ¿No entiende que tú no tienes como movilizarte? Claro, como ella tiene carro. No te preocupes Gledis, yo mañana a las 5:30 am te voy a ir a buscar y te dejo en Alcasa. Esa no va a ir a supervisar nada, la conozco.

En ese momento sentí que mi alma se devolvía a mi cuerpo.

Al día siguiente, muy puntual mi amigo fue a buscarme. Me vestí con mi mejor traje y me fui a repartir los volantes al portón de Alcasa. A las 6:00 am estaba allí esperando que llegara el cambio de turno para empezar mi faena. Por un momento giré la mirada hacia el estacionamiento de aquel lugar y allí estaba mi jefa, cumplió su palabra, fue a supervisar, pero no se quedó, solo se aseguró de que yo estuviera allí tal y como ella lo había ordenado.

Finalmente llegaron los trabajadores, comencé a entregar folletos. Era una estampida de hombres y mujeres. Creo que finalicé en menos de una hora. Fue muy rápido todo, pero logré mi objetivo de entregar todo el material. De pronto, me vi dentro de la empresa porque sin darme cuenta irrumpí la seguridad en aquel lugar. Estando allí y sin tener como regresar a la oficina porque mi amigo se había ido pensé en captar alguna persona para ver si estaba interesada en el curso que yo ofrecía. Así, hablé con un muchacho, éste se mostró interesado y me dijo que le diera unos minutos. En ese instante suena mi teléfono, era mi jefa.

-Hola Gledis, ¿entregaste los volantes?

-Si. Ya terminé.

-Bueno, vete hasta celdas 1 que allí te está esperando el supervisor. Llamó acá gracias a uno de tus volantes y está interesado en el curso para sus dos hijas.

La noticia me contentó mucho y sin dudarlo me fui hasta el sitio. Celdas 1 era la primera línea en la que iniciaba el proceso de transformación de la alúmina en unos hornos con unos canales cuyas temperaturas no alcanzo a imaginar los grados en las que oscilaban, solo puedo decirles que si alguien caía allí no iban a sacar ni el recuerdo de esa persona.

Pasé con mucho cuidado, tratando de no ensuciar mi traje y que mis tacones no quedaran atorados en ningún punto del rustico piso, si así podía llamarse, y ubiqué al supervisor. Le expliqué en qué consistía el curso y de forma inmediata inscribió a sus dos hijas, me pagó con un cheque.

En ese momento se acercó un compañero suyo a preguntarle qué era lo que había comprado y éste le dijo que un curso de inglés para sus dos hijas. Este señor también se mostró interesado y aprovechó de comprar un curso también para uno de sus hijos. En menos de 20 minutos ya había vendido tres cursos.

Salí de aquel caluroso lugar en el que respirar normal era casi imposible, pues, era el típico ambiente de una industria de tal magnitud en donde una densa nube del polvillo propio que deriva de la alúmina penetra en cada espacio.

Al salir, fui abordada por los inspectores de seguridad quienes me llamaron la atención por haber penetrado en tan peligroso lugar sin protección y, peor aún, sin un permiso. Me sacaron hasta la entrada, pero antes, justo cuando estos señores cumpliendo con su trabajo se disponían a deshacerse de mi alguien me llamó. Al voltear, me percaté que se trataba de aquel muchacho con el que había hablado inicialmente, si, el que me pidió unos minutos.

-Gledis, no sé qué te me hiciste. Tengo rato buscándote. Estaba esperando que abrieran la sucursal del banco que hay aquí para darte la plata de mi inscripción. En la tarde paso por tu oficina.

Ufff…. No podía estar más feliz. Ya no eran tres si no cuatro las matrículas de aquel día. ¡Fabuloso!

Ahora sí, debía abandonar el lugar. Pero, ¿Cómo me iba?

Pues, mi amigo había regresado por mí. Yo no lo sabía. Eran casi las 10:00 am y nos fuimos a desayunar.

Más tarde regresé a la oficina, allí estaba mi jefa esperándome, su rostro había cambiado. Ella pensaba que yo tenía en mi haber dos cursos vendidos, pero para su sorpresa habían sido cuatro.

Me pidió que pasara a su oficina y la esperara allí. 15 minutos más tarde regresó, contenta y con una cantidad de dinero para mí.

-Me tardé porque estaba en administración gestionando un adelanto de tus comisiones para que puedas trabajar por este mes hasta estabilizarte. Ahora sí, aquí tienes el dinero que me pediste ayer.

Lo que acaba de pasarme fue un aprendizaje que llevo tatuado en mi cerebro. Mi jefa me enseñó a actuar desde mi poder creador. ¿Por qué tenía que pedir si podía producir el dinero? ¿A caso no es de eso que trata el hecho de ser vendedor, de producir, de procurarse metas y cumplirlas?

Si ella me hubiese prestado la plata el aprendizaje no se habría dado. Si ella me hubiese prestado la plata yo no habría recuperado la confianza en mí, en que yo tenía la capacidad de cambiar mis circunstancias.

Si, en aquel instante cuando me dio los volantes créanme que la odié, pero cuando vi su enseñanza valoré su lección.

Aprendí a sacar lo mejor de mí. Aprendí que definitivamente las excusas no existen. Aprendí que Dios siempre va a proveer las circunstancias para que podamos salir adelante. Podría decir más enseñanzas, pero, prefiero que tú estimado amigo o amiga que has llegado hasta este punto en la lectura de este relato saques tus propias moralejas y las compartas en los comentarios.

Antes de concluir, les cuento que luego de que mi jefa me diera el adelanto de comisión y que nuevamente la sonrisa se apoderara de mi rostro, recibí otro regaño de su parte:

-¡Ahora me haces el favor, Gledis Bonilla, y te vas a tu casa a bañarte que mira como estás llena de alúmina por todos lados! Ja ja ja. GB

4 comentarios

      1. Juan, nos contenta mucho que esta historia te haya reconfortado. Para nosotras es un gran compromiso un honor poder mostrar historias reales y de alto valor para nuestros lectores. Muchas gracias por leernos.

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