Mi nombre es Carolina, crecí en una humilde vivienda ubicada en el centro de Caracas. Tengo un hermano. Mi madre ha sido costurera, repostera, niñera, obrera, manicurista, cuidadora de animales y ancianos; también le ha tocado ser peluquera, empaquetadora de regalos, ayudante de albañil, colectora de autobús, taxista, sabe de mecánica y de ventas, si, ha vendido desde pescado frito en la playa hasta casas.

Ella aprendió todo esto y más en las muchas tareas que la vida le puso por delante para poder darnos de comer a mi hermano y a mí.

Mi madre no tiene mayor formación académica. Apenas tenía 19 años cuando conoció a mi padre. Fue en un día lluvioso cuando aguardaba a la espera de alguien que la salvara de seguir mojándose en medio de un torrencial aguacero. De pronto se paró frente a ella un impactante vehículo. El chofer bajó el vidrio, era un caballero de ojos claros, cabello negro, piel blanca y fornido. Con un tono de voz capaz de cautivar a cualquier mujer le ofreció llevarla hasta su casa. La joven aceptó.

Durante los 25 minutos de recorrido, pues, la intensa lluvia no permitía ir a mayor velocidad, hubo una conexión increíble. Ella misma ha contado, que los encantos de aquel galán la embelesaron desde el primer instante. Era la primera vez que un hombre tan guapo le hacía vivir un cuento de hadas de apenas unos minutos.

Llegaron al destino final, el apuesto hombre no guardó reparos en ponérsele a la orden prometiéndole que la buscaría y llevaría a su casa si ella así lo deseaba.

Al día siguiente, él estaba allí esperándola para llevarla al sitio en donde estudiaba. Por las tardes también iba a buscarla, así pasaron semanas y algunos meses.

Con el paso del tiempo, el transporte diario pasó de un simple gracias a largos besos de despedida. Luego, llegó el día en el que la casi veinteañera no llegó a dormir. Esa noche se entregó a su amado.

A partir de allí todo cambió, pues, semanas más tarde ella se enteró que estaba embarazada y cuando fue corriendo feliz a contárselo a este hombre él solo le contestó que no deseaba ser padre.

-No quiero tener hijos. Además, ¿cómo se yo que ese hijo es mío?

Aquella humilde y enamorada mujer no podía creer lo que estaba escuchando. Su príncipe azul se había convertido en un verdadero monstruo y lo que sería el día más feliz de su vida, pues, le daría a su amado un hijo fruto de su amor, se convirtió en fatalidad.

A mediado de los años `90 era muy mal visto por la sociedad que acudieras a estudiar embazada por lo que no pasó mucho tiempo para que la echaran del centro de estudio. En su casa, la historia no fue distinta. Su padre machista la echó de ese hogar, ante la mirada impotente de una madre sumisa incapaz de defenderla.

Allí comenzó el sufrimiento de mi madre. ¿Qué hacía? No tenía un trabajo, ya no podía estudiar, estaba embarazada, acudió a casa de algunos familiares y todos le dieron la espalda, no tenía un techo para dormir, ni un peso para comer.

Esa noche, esa primera noche le tocó pernoctar en una plaza. Su cobija fue la fría brisa caraqueña de diciembre, su almohada un bloque de concreto apoyado en el suelo lleno de hojas y tierra, pues, los bancos de la plaza estaban ocupados por mendigos.

Al día siguiente, hambrienta, cansada, angustiada y con los ojos hinchados de tanto llorar, tocó las puertas de una iglesia, allí le dieron abrigo durante mucho tiempo, aprendió varios oficios y ayudó al párroco a vender algunas cosas para ganarse algún dinerito.

Pese a su precaria situación, mi madre nunca concibió la idea de interrumpir el embarazo y más cuando se enteró de que no sería uno sino dos los hijos que tendría. Mi hermano y yo somos gemelos.

Esa noticia, aunque la dejó petrificada durante algunos minutos, fue el gran empujón que requirió para seguir adelante. En pocas semanas serian tres.

Como cosa de Dios, pudo reunir dinero para comprar lo necesario para recibir a sus gemelos. Sobró quien le regalara ropita, alimento y hasta un cochecito de esos de dos puestos.

Llegó el maravilloso día y a eso de las 9:00 am del viernes 15 de agosto Carlos y Carolina, es decir, mi hermano y yo, vimos por primera vez la luz de este mundo.

Ahora con sus dos hijos, mi madre tenía que jugar con el tiempo entre cuidarnos y trabajar. Los días de semana se levantaba a las cinco de la mañana a laborar, cuidaba a una pareja de ancianos al otro extremo de la ciudad, por las tardes vendía hasta loterías en un puestico cerca de la iglesia y los fines de semana bajaba a la playa a vender pescado frito.

Así fuimos creciendo, viendo a mi madre hacer de todo para que nos faltara nada. Lejos de quejarnos porque casi no la veíamos, Carlos y yo siempre la recibíamos con los brazos abiertos, le dábamos masajes, le guardábamos comida y hasta postre cuando nos daba por inventar.

Nuestra mayor prueba de amor hacia es mujer que se sacrificó tanto por nosotros era sacando las mejores calificaciones en la escuela y luego en el liceo, porque es que ella nunca se detuvo.

Un día se volvió a quedar sin empleo y lo único que consiguió para seguir llevando sustento a la humilde casita que con tanto esfuerzo había podido comprar fue, siendo colectora de autobús. Indetenible como siempre, aprendió algo de mecánica viendo a los choferes de los buses reparar sus unidades. Con eso ganó dinero también.

¿Qué no hizo mi vieja para sacarnos adelante?

Eso sí, ella jamás no habló mal de nuestro padre. Jamás nos inculcó nada distinto al amor por la familia.

En algún momento, sé que se volvió a enamorar, después de todo era una mujer hermosa y muy bien conservada pero jamás, llevó a una figura masculina a casa, sus razones, hayan sido las que hayan sido, son respetables y no soy quien para cuestionar.

Lo que sí puedo decirles, es que hoy 26 años después, doña Carolina tiene dos hijos graduados con honores en ingeniería, su sueño hecho realidad. Hoy ya solo trabaja para mantenerse ocupada, no por necesidad. Ahora cuenta con nosotros para retribuirle tanto amor durante toda la vida y vive en una hermosa casa que le regalamos para su cumpleaños. Vive feliz y orgullosa de su familia.

Se preguntarán si en algún momento nos hizo falta un padre, créanme que tal vez nos habría gustado tenerlo, pero, es que mamá supo desempeñar muy bien los dos roles. Siempre ha sido una mujer con mucho temple y carácter para hacer frente a las responsabilidades.

Debo confesarles que recientemente conocí a mi padre, ahora sí quiso llamarnos hijos, cuando nos vio grandes, graduados y físicamente parecidos a él. En ese momento, solo recordé como si se tratara de una película todas las cosas que hizo mi madre para sacarnos adelante. No le guardo rencor a él, lo respeto y pido a Dios que siempre le vaya bien.

En mi madre solo veo el ejemplo de lucha, de valentía. Una guerrera que nunca se rindió y que fue capaz de asumir un error de juventud con gran madurez. Ella es indetenible, ella es un mujerón por eso hoy solo puedo decir Feliz Día del Padre, mamá.

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