¿Cómo es el transporte en Venezuela?

Tal y como si se tratase de una horrible pesadilla es el drama que viven quienes se ven en la obligación de usar el transporte público en el país suramericano.

Escasez de unidades, largas horas de espera, paradas inseguras y hasta malos tratos por parte de los choferes y colectores, forman parte de las vicisitudes diarias de los venezolanos de a pie.

Específicamente, al sur del país en el estado Bolívar, el más extenso en territorio, cuya capital es Ciudad Bolívar, la denominada capital histórica, el ya deficiente servicio de transporte público empeora de forma vertiginosa.

Ana Karina, una lugareña, nos cuenta todo lo que debe hacer para trasladarse en autobús día a día a su lugar de trabajo.

Su jornada laboral inicia a las 2:00pm. Si desea estar puntual en su oficina debe salir de su casa por lo menos a las 11:45 de la mañana, pues, para llegar a la parada del primer bus que le toca abordar debe caminar aproximadamente ocho cuadras desde su vivienda.

“Eso lo camino todos los días bajo el inclemente sol guayanés que alcanza temperaturas de hasta 40 grados. Llego sudada hasta la parada y ahora peor porque uso doble tapabocas para protegerme por la pandemia y es un poco asfixiante”, cuenta al tiempo que nos invita a que hagamos el recorrido con ella.

Foto Gledis Bonilla

15 minutos más tarde, ya en la parada comienza la espera.

En Venezuela, el Gobierno nacional implementó el plan 7+7 como medida para proteger a la población del Covid-19 y asegurar que las empresas pudieran prestar sus servicios; dicho plan, consiste en que en una semana se cumple cuarentena radical y solo los sectores priorizados trabajan hasta las 12:00 del mediodía, mientras que, la siguiente semana es flexible, es decir, se levanta la cuarentena y todos los sectores laboran hasta las 5:00 pm.

“En la semana radical me vengo más temprano porque ya al mediodía pasa el último bus o el último vuelo como yo le digo. En la flexible me puedo tomar un poco más de tiempo para salir de casa, pero, no me confío porque no hay muchas unidades trabajando”, narra Ana Karina, quien empieza a mirar su reloj y percatarse que ya han pasado más de 20 minutos y aun no pasa una unidad colectiva.

Camina de un lado a otro, lanza la mirada a lo más lejos y no observa nada.

“¡Va a estar duro irse de aquí hoy!”, exclama con preocupación.

Finalmente, Ana Karina se contenta porque se acerca un colectivo. La alegría duró poco, tras sacarle la mano en señal de que se pare, el conductor hace caso omiso y sigue de largo.

“Pero cómo se va a parar si viene full”. La unidad estaba repleta de pasajeros, no cabía nadie más.

Dos intentos más

Nuevamente se aproxima otro autobús. Tampoco logra abordarlo, iba repleto de pasajeros, entre los que se podían apreciar a unos cuantos guindados de las puertas. Pero como bien dice el refrán, “la tercera es la vencida” y como pudo Ana Karina se montó en uno de los estribos de la siguiente unidad que pasó y se paró. Como pudo sacó dos billetes de 50 mil bolívares de su bolsillo para pagar el pasaje, debido a que de lo contrario el colector no la dejaría abordar, sin importar la incomodidad y el peligro que corre la joven mujer viajando agarrada de tan solo una puerta de la unidad.

Haciendo un gran esfuerzo, para entrar en el bus seguimos acompañándola.

Entren que caben 100

En un estado en donde los casos de Covid-19 van en ascenso las unidades de transporte público se convierten en blanco fácil para que el virus aseche, pues, además de los que van sentados en cada puesto son decenas quienes viajaban parados. El aislamiento social quede en el olvido cuando se trata de salir a hacer diligencias o retornar a casa en autobús.

– ¡Por favor señora, la de la camisa azul, avance hacia atrás por favor!, grita el colector tratando de hacer un espacio para meter más gente.

– ¿Para dónde quiere que avance, no ves que no entra más nadie?, responde la molesta señora.

Otro pasajero empieza a quejarse cuando ve que más personas intentan subir a la unidad que se detuvo en la siguiente parada.

-¡Móntalos arriba del techo!, exclama.

Los comentarios entre los pasajeros son muchos y las quejas interminables.

“Yo lo que voy es asustada, pidiéndole a Dios que no me vaya a caer de este estribo”, dice Ana Karina, quien aún sigue en el estribo.

“No se asusten que aquí se ve de todo. Gente sudada, grosera, peleas entre los choferes y los pasajeros, gritos por no querer aceptar los billetes de 20 mil bolívares, uno apretado aquí como sardina en latas y vamos bien, porque a veces se montan atracadores y la historia es triste”, comenta Ana.

En ese momento, la unidad llega a una de las paradas más concurridas frente al terminal de pasajeros. Allí se bajan más de 20 personas.

“Que alivio. Ahora si voy a ir más cómoda”.

Una vez en el pasillo de la unidad, Ana Karina decide avanzar lo más que pueda para evitar el regaño del colector.

“Son unos maleducados y prefiero evitar una pelea”.

Luego de varios minutos, finalmente nuestra entrevistada llega al punto medio de su recorrido. Se baja del bus y ahora le toca abordar otra unidad, probablemente vivir de nuevo todo el periplo anterior hasta poder llegar a su trabajo, aproximadamente a la 1:30 de la tarde.

“Cien bolívares más. Otra odisea más pero ya estoy acostumbrada”, expresa.

Se monta en el siguiente bus; aunque no encontró un puesto vacío para sentarse esta vez no le tocó estribo en esta ocasión. La unidad inicia su recorrido y finalmente, Ana Karina, pide parada con una palmada tal y como se estila en la mencionada ciudad.

Ahora le toca caminar una larga cuadra para llegar a su sitio de trabajo e iniciar una nueva jornada.

“Esto es solo parte de lo que nos toca vivir a los ciudadanos de a pie en este país. Si me pongo a contarle el drama para hacer mercado, ir a un médico, comprar gas o las deficiencias del resto de los servicios públicos no terminamos hoy. Es lamentable vivir esto después de haber sido un país tan próspero. Ojalá algún día despertemos de este mal sueño”, concluye. GB

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